“Una memoria demasiado selectiva” por Juan Torres García

FOTO_JUAN_TORRESHace unos días leía un artículo en El País en el que se hablaba de la capacidad que tenemos los seres humanos para recordar lo que nos interesa y así poder seguir haciendo aquello que queremos. Esto ocurre, simplemente, porque nuestra memoria es selectiva. Al leer el artículo recordé, como consecuencia de la reciente huelga de limpieza de Madrid, las declaraciones de la alcaldesa de Madrid y del presidente del Gobierno en defensa del derecho de los ciudadanos madrileños a caminar por unas calles libres de suciedad y basura. Los dos han hecho una encendida defensa de la necesidad de restringir (perdón, regular aún más) el derecho de huelga. Queda claro que en un estado democrático el respeto a los derechos de los ciudadanos tiene que ser el objetivo máximo de los gobernantes. Sin embargo en este caso tanto la alcaldesa como el presidente tienen una memoria demasiado selectiva, ya que al defender el derecho a pasear por la calle sin tener que sortear basuras ni desperdicios han omitido el artículo 35 de nuestra Constitución, en el que se reconoce a todos los españoles el derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, algo que sencillamente a Ana Botella se le olvidó cuando posibilitó, a través de la regulación de los contratos de adjudicación, que las empresas concesionarias del servicio de limpieza de Madrid pudieran despedir a más de un millar de trabajadores y rebajar en más de un 40% el salario del resto. Por cierto, mayoritariamente los vecinos de la ciudad de Madrid han comprendido las razones de los trabajadores y se han solidarizado con su causa.

La historia y la vida cotidiana están llenas de ejemplos de cómo los responsables públicos a menudo prefieren acordarse exclusivamente de los derechos que a ellos más les interesan. Uno de éstos es el referido al derecho de los padres y madres a elegir el colegio y el tipo de educación que queremos para nuestros hijos y que los actuales responsables de la educación madrileña no se cansan de recordarnos. Cada vez que oigo este argumento sé que después viene la cesión de suelo público para construir un centro concertado, en la mayoría de los casos religioso, o bien para autorizar la ampliación de los que ya existen. Sin embargo, supongo que como consecuencia de su “memoria selectiva”, olvidan el derecho de las familias a elegir la educación pública. Un ejemplo de lo anterior es el caso que se está dando en uno de los colegios de mi ciudad, San Sebastián de los Reyes. Al inicio del curso actual la Comunidad de Madrid decidió eliminar una de las dos clases de niños de tres años -primero de educación infantil- y aumentar escandalosamente el número de alumnos de la clase que queda. Está claro que la Consejería de Educación no va a autorizar que se matricule en este colegio ningún otro alumno (ya ha habido algún caso en el que se ha denegado), puesto que si aumentara el número de alumnos de tres años se tendría que abrir una nueva clase desdoblando la única y masificada que hay ahora.

¿Dónde está la libertad de elección de las familias que quieran que sus hijos vayan a este colegio? ¿Dónde queda la libertad de poder elegir un colegio que tiene un proyecto educativo y una ubicación por la que se pueden sentir atraídas algunas familias? Sencillamente, esta posibilidad de elección no existe para las familias que elegimos la escuela pública, y el derecho “selectivo” de elección únicamente está disponible para aquellos que deseen elegir la escuela privada-concertada.

Desgraciadamente no sólo estamos ante un caso de memoria selectiva de la Comunidad de Madrid frente a un mismo derecho sino que nos encontramos ante una enorme y peligrosa irresponsabilidad ya que con sus decisiones, absolutamente partidistas e ideológicas, están poniendo en peligro el derecho de los alumnos de este colegio a una educación digna tal y como recoge el artículo 27 de la Constitución Española y el estupendo proyecto de mejora que ha elaborado su comunidad escolar.

En algún momento tendremos que poner freno a tantas aplicaciones selectivas y arbitrarias de los derechos ciudadanos, volviendo a poner en marcha medidas que garanticen a todos y a todas los mismos derechos y las mismas oportunidades.

Juan Torres
AMPA “Buero Vallejo” de San Sebastián de los Reyes
Anuncios

“Resaca de una huelga” por Guillermo Infantes Capdevila

FOTO_GUILLERMOINFANTESMe cuesta realmente discernir una mañana de resaca de una posterior a una huelga. De verdad. Puede que se deba a que el éxtasis acumulado del día anterior en las dos situaciones pasa factura a la mañana siguiente, y que en ambas trato de hacer una profunda reflexión sobre lo acaecido en la jornada precedente. Lo que ocurre es que en las de resaca suelo buscar conclusiones que avalen o excusen mi torpe final y mi reflexión no va a más de lo comprendido entre la apertura de los ojos y la apertura del paquete de Frostie’s. En las mañanas posteriores a una huelga es diferente: la resaca se prolonga durante varias mañanas y, a veces, esta insana reflexión lleva a escribir artículos como el que leen ustedes atónitos.

La resaca huelguista que hoy nos atañe es la causada por el pasado 24 de octubre. He aquí mi visión:

Para ponerse en situación, se trataba de una Huelga General de la enseñanza a todos los niveles. Esto es como cuando una madre dice que hay que hacer limpieza general, todos los miembros de la familia corren despavoridos y buscan serenidad de la mano de fregonas y bayetas. Entonces meditas (yo al menos) sobre cómo has podido convivir con tal cantidad de porquería durante tanto tiempo. La huelga es igual. ¿Cómo hemos podido aguantar tanto sin alzar nuestra voz, sin canalizar tanta furia? Pérez Reverte, en una entrevista que le concedió a Jordi Évole, planteó algo cargado de razón: las movilizaciones son un canalizador, sin ellas estallaríamos y surgiría el caos. Esto también ─sostenía─ ayuda a los gobernantes a mantener a la ciudadanía indignada pero también sosegada o amansada, ya que la rabia contenida encontraba una vía de escape. Pienso que Arturo estaba en lo cierto, la mañana de resaca posterior a la huelga fue acompañada de cierta satisfacción: “he cumplido”. Me he encerrado en la Universidad, hemos debatido en asamblea sobre lo mucho que, con perdón, nos “putean” los de arriba, ha habido un trabajo conjunto entre profesores, trabajadores de la universidad y estudiantes… Mi percepción inicial fue que había sido un éxito, me enorgullecí de haber sido partícipe de algo tan grande y, a primera vista, fructuoso. No importaban las cifras que diese el gobierno sobre el seguimiento de la huelga, ni los de la Delegación de Gobierno sobre los manifestantes en Neptuno; había sido un éxito rotundo porque al fin se había dicho basta desde la subida de tasas universitarias de julio ─que supuso un incremento del 20% en el pago de matrícula.

No puede caber en ninguna cabeza que las desigualdades territoriales lleguen al extremo de que en Madrid un estudiante universitario esté pagando más del triple que un estudiante gallego, o más del doble que uno andaluz. ¡Se está negando el acceso a estudios superiores a los jóvenes por criterios de renta!

Han pasado los días, y empieza a resurgir mi indignación. Necesito otro paliativo.

Guillermo Infantes Capdevila
Representante estudiantil UC3M
Área de Estudiantes del Consejo de la Juventud de Alcobendas

 

 

 

“Huelga en la enseñanza, ¡qué vergüenza!” por Antonio Hernández Guardia

Estoy viviendo con extraordinario interés la huelga que mantienen los profesores de Secundaria estos días e intentando ponerme en su lugar para comprenderlos mejor. Tengo que reconocer que no lo consigo y sólo encuentro razones o, mejor dicho, excusas para realizarla.

Confieso que soy profesor de secundaria de un Centro concertado y aunque a algunos les pese, me considero que pertenezco a la enseñanza pública, con menos sueldo, más horario, más exigencia pero con la misma responsabilidad que los profesores de la “pública” oficial. Dicho esto, seguro que todos comprenderán mi posición.

La huelga ha sido convocada ante la decisión de la Comunidad de Madrid de aumentar el horario lectivo en dos horas, es decir, pasar de 18 a 20 horas. Reconozco que esta medida no le guste a nadie pero está dentro de la legalidad y además, muchos profesores de secundaria llevamos años dando más de veinte horas lectivas y no se nos caen los anillos. En tiempos de crisis todos debemos arrimar el hombro. No creo que traiga aparejada la hecatombe como anuncian de forma apocalíptica los sindicatos.

Nos dicen que “se quieren cargar la enseñanza pública” y anuncian recortes y deficiencias por todos sitios pero en realidad no ponen sobre la mesa o hacen públicos cuales son los recortes, salvo problemas organizativos de los Centros o problemas de reparto de materias y horarios ¿Acaso los profesores no estamos capacitados para dar alguna materia anexa a nuestra especialidad? o ¿es que es más cómodo no hacerlo?

No quiero hacer ninguna comparativa con otras Comunidades porque entonces el diferencial sería espectacular a favor de Madrid, pero si les pido a mis compañeros de profesión que recapaciten y piensen en todo ello. A los Sindicatos, sobre todo a los de clase, no les pido nada. No creen en la libertad de enseñanza y eso para mi ya lo dice todo, pero si deben de darse cuenta que no pueden caer en mayor desprestigio ante los ciudadanos con sus dobles raseros para convocar huelgas según el color del Gobierno.

Por favor, un poquito de reflexión, de sensatez y pensemos más en los chavales que están perdiendo las clases, en los millones de parados y menos en nuestras tendencias políticas y en eslóganes trasnochados que ya no se cree nadie.

Antonio Hernández Guardia, profesor de educación secundaria