“Resaca de una huelga” por Guillermo Infantes Capdevila

FOTO_GUILLERMOINFANTESMe cuesta realmente discernir una mañana de resaca de una posterior a una huelga. De verdad. Puede que se deba a que el éxtasis acumulado del día anterior en las dos situaciones pasa factura a la mañana siguiente, y que en ambas trato de hacer una profunda reflexión sobre lo acaecido en la jornada precedente. Lo que ocurre es que en las de resaca suelo buscar conclusiones que avalen o excusen mi torpe final y mi reflexión no va a más de lo comprendido entre la apertura de los ojos y la apertura del paquete de Frostie’s. En las mañanas posteriores a una huelga es diferente: la resaca se prolonga durante varias mañanas y, a veces, esta insana reflexión lleva a escribir artículos como el que leen ustedes atónitos.

La resaca huelguista que hoy nos atañe es la causada por el pasado 24 de octubre. He aquí mi visión:

Para ponerse en situación, se trataba de una Huelga General de la enseñanza a todos los niveles. Esto es como cuando una madre dice que hay que hacer limpieza general, todos los miembros de la familia corren despavoridos y buscan serenidad de la mano de fregonas y bayetas. Entonces meditas (yo al menos) sobre cómo has podido convivir con tal cantidad de porquería durante tanto tiempo. La huelga es igual. ¿Cómo hemos podido aguantar tanto sin alzar nuestra voz, sin canalizar tanta furia? Pérez Reverte, en una entrevista que le concedió a Jordi Évole, planteó algo cargado de razón: las movilizaciones son un canalizador, sin ellas estallaríamos y surgiría el caos. Esto también ─sostenía─ ayuda a los gobernantes a mantener a la ciudadanía indignada pero también sosegada o amansada, ya que la rabia contenida encontraba una vía de escape. Pienso que Arturo estaba en lo cierto, la mañana de resaca posterior a la huelga fue acompañada de cierta satisfacción: “he cumplido”. Me he encerrado en la Universidad, hemos debatido en asamblea sobre lo mucho que, con perdón, nos “putean” los de arriba, ha habido un trabajo conjunto entre profesores, trabajadores de la universidad y estudiantes… Mi percepción inicial fue que había sido un éxito, me enorgullecí de haber sido partícipe de algo tan grande y, a primera vista, fructuoso. No importaban las cifras que diese el gobierno sobre el seguimiento de la huelga, ni los de la Delegación de Gobierno sobre los manifestantes en Neptuno; había sido un éxito rotundo porque al fin se había dicho basta desde la subida de tasas universitarias de julio ─que supuso un incremento del 20% en el pago de matrícula.

No puede caber en ninguna cabeza que las desigualdades territoriales lleguen al extremo de que en Madrid un estudiante universitario esté pagando más del triple que un estudiante gallego, o más del doble que uno andaluz. ¡Se está negando el acceso a estudios superiores a los jóvenes por criterios de renta!

Han pasado los días, y empieza a resurgir mi indignación. Necesito otro paliativo.

Guillermo Infantes Capdevila
Representante estudiantil UC3M
Área de Estudiantes del Consejo de la Juventud de Alcobendas

 

 

 

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“Teletubi-Política” por Guillermo Infantes Capdevilla

FOTO_GUILLERMOINFANTESLa representación estudiantil debe huir del politiqueo barato, corre el riesgo de tornarse en un reflejo de lo que ocurre en las altas esferas de la “democracia” de este país tan empapada de fraude, desilusión y mentira. Se dice hasta la saciedad que la juventud es el futuro, por ende, muchos de los que ejercerán labores de representación ciudadana en un tiempo tendrán su origen en el ámbito de la representación estudiantil actual. Como jóvenes gozamos de cierto idealismo del que, al menos yo, espero no renegar nunca. Apostamos por un nuevo orden y trazamos nuevas metodologías para no caer en el error en el que han incurrido muchos de nuestros representantes actuales.

Los jóvenes suponemos una regeneración del panorama social, creo que encarnamos nuevos valores y podemos presumir, algunos, de una visión más amplia y renovadora, no debemos dejar que nos coma la hostilidad de unos gobernantes mediocres.

Desgraciadamente hay jóvenes que no atienden a este tipo de criterios, que hacen de la representación estudiantil mala política, convierten lo que nos honra en una herramienta para su propio progreso e interés. Hay ejemplos de representantes estudiantiles que podrían pasar perfectamente por políticos sin que nadie reparase en que no lo son. Pretenden serlo. Ellos no quieren un cambio, no quieren dar voz a la juventud y resolver sus problemas, más bien obran como un político más en una marea de buitres carroñeros en aras de su poder y vanidad.

Todo esto sería de otra manera si los jóvenes y estudiantes realmente nos preocupásemos por quienes nos representan, si fuésemos todos un poco más críticos. Por este tipo de cosas acabamos teniendo de manera, a mi entender, ilegítima a un Vicepresidente del Consejo de Estudiantes Universitarios del Estado (CEUNE) que aplaude al Ministro que desmiembra la Escuela Pública y que lanza un batacazo tras otro (si va acompañado de una repugnante burla, mejor) a la juventud española. Cabe decir que este representante estudiantil forma ya parte de la política, actúa en favor de los intereses de un partido político en el cual milita y no duda en postrarse en un cargo en el cual, una vez habiendo perdido su condición de representante en su Universidad, no podría seguir manteniendo.

Me atrevo a decir que ésta no es la línea que los jóvenes queremos seguir, no queremos más de lo mismo.

Debemos implicarnos en la vida universitaria, ser críticos con nuestros representantes y, desde luego, tener perspectiva de futuro.

 

Guillermo Infantes Capdevila
Representante estudiantil UC3M
Área de Estudiantes del Consejo de la Juventud de Alcobendas

“Digitalización de experiencias” por Guillermo Infantes Capdevilla

FOTO_GUILLERMOINFANTESA menudo se comenta aquello de que ahora vivimos la era digital, el momento de las nuevas tecnologías, el progreso. Sin darnos mucha cuenta nos hemos embarcado en unos hábitos que, al parecer, nos facilitan todas las tareas: el ocio se hace más divertido y dinámico, se nos permite practicar inglés desde el sillón, vemos las últimas novedades en cuanto a calcetines y lencería fina a la vez que acariciamos a nuestra mascota… En definitiva, uno se acomoda a las facilidades que nos brindan todos estos avances.

Hay quien dice que esto también atañe a los más pequeños, pues se pone al alcance de sus manitas todo un mundo de posibilidades para dar rienda suelta a su imaginación y creatividad mediante juegos didácticos a través de pulgadas y pulgadas de PVC y píxeles.

Yo ya he llegado a pronosticar escenas cotidianas de un futuro no muy lejano. Visualizo un piso de clase media, habitado por una familia acorde a la condición del piso. Es una tarde de domingo  y no hay señas de mucho ajetreo en el exterior. Al padre, harto de la rutina, se le antoja fumarse un “porro” en Kingston mientras queda postrado en su sofá de tapicería barata, -puede hacerlo gracias a un ‘virtualizador’ de sensaciones que se conecta a su ‘tablet’-. Todo transcurre mientras el televisor emite un documental sobre la gacela y el león que trata de introducir al espectador (en esta casa ninguno) en la sabana africana más salvaje.

Entonces el hombre se percata de que quizás el amarillo es preocupante, a la par que su mujer perturba su paz reprochándole que debe bañar a los dos salvajes que tiene como  hijos, los cuales se encuentran matando talibanes frente a una consola en la habitación contigua.

Exaltación de nuestros sentimientos a través de máquinas; hemos logrado poner el romanticismo en aras de la tecnología y los vatios. Mi fondo de escritorio consiste en un Friederich, y a veces lo castigo con mi indiferencia no reparando en él y me dirijo a mi carpeta favorita, la de la Universidad.

 

Guillermo Infantes Capdevila
Representante estudiantil UC3M
Área de Estudiantes del Consejo de la Juventud de Alcobendas

“Del Inmovilismo Ilustrado y otros derroteros…” por Guillermo Infantes Capdevila

FOTO_GUILLERMOINFANTESSi hay algo que caracteriza a nuestro país y al conjunto de los individuos, y digo bien: individuos, que lo conformamos es la rigidez, el inmovilismo y la falta de capacidad de adaptación. Tomamos por dado todo lo heredado, apenas ponemos en tela de juicio lo instaurado ni nos preguntamos el porqué de los orígenes de aquello que nos rodea. Vivimos de las rentas de un tiempo pasado cuyas fórmulas se han quedado obsoletas, la vieja receta de la ‘Coca Cola’ para trastornos estomacales puede que aún surta efecto en nuestras barrigas, pero hemos de reconocer que un estancamiento en, por poner un ejemplo, los métodos medievales de labranza hubiese supuesto un verdadero atraso en nuestro desarrollo como sociedad.

A cada tiempo le acontece una circunstancia, y cada una merece un análisis que refleje sus síntomas o dolencias. Para placarlas se llevan a cabo acciones, en muchos casos valientes y desbordantes de coraje. Las revoluciones entienden o avistan un mal social, tratan de ponerle remedio, actúan y se arrojan a un cambio radical del orden estipulado o marcado.

Una Constitución nace de un sentir como pueblo, sienta unas bases que, como ciudadanos, hemos querido que se protejan para afianzar un cierto compromiso como sociedad y soldar unas pautas que respondan a nuestra organización de comunidad. De lo que se trata ahora es de analizar si lo que se enmarcó, mejor dicho, lo que se blindó hace ya 34 años puede hacer frente al ciudadano contemporáneo, si supone una herramienta útil que estructura nuestro Estado y actúa como raíz de nuestros intereses sociales. “La Pepa” emanó de las inquietudes populares en un convulso 1812, quiso ser vanguardia en su tiempo y se podría decir que se amoldó a la situación que se daba en España incluyendo la separación de poderes y el sufragio universal masculino como clara respuesta a las exigencias sociales.

El principio de “estímulo – respuesta” es algo que me fascina, creo que rige todo en este mundo, y la rigidez deriva en determinadas ocasiones de una carencia de respuestas a estímulos o, al menos, cuando éstas se quedan cortas. Los españoles damos pequeños estímulos, estamos desencantados con la clase política y por eso salimos a la calle, hacemos ver nuestras preocupaciones con las políticas de ahorro que cobran vida en forma de recortes, mostramos dudas ante la cuestión territorial… Y la respuesta que obtenemos en muchas ocasiones por parte del gobierno nos es mediocre, y esto nos conduce a la indignación que es respondida, en ocasiones, con palos en vez de con ideas y cambios. Segregamos y no aunamos voces, cantos y virtudes.

Volviendo al hilo de la Constitución de 1978, fue rompedora con el turbio pasado de nuestro país. Alberga todo aquello que era imprescindible para un progreso democrático tras un régimen dictatorial, era necesario para esa circunstancia. Tocaba la cuestión territorial, el sistema electoral, daba pie a una estabilidad que se veía como vital… Pero todo es relativamente efímero, también las constituciones si varía la situación de un país. De ahí la rigidez de España, el inmovilismo, la cuasi pasividad para dar por asentado e inmutable lo que, de por sí, debería ser flexible y actuar como bisagra para el avance y no como elemento entorpecedor para el cambio. Anclar una Constitución está bien, de hecho constituye el fin en sí mismo de una Constitución, pero se debe poder pivotar sobre ella, si no nos sumerge en el atraso y lo que se ancla es al propio país con un marco arcaico o, cuando menos, obsoleto.

Es oportuno estos días hablar de unidad nacional y de espíritu patrio, llueven críticas por parte de los que defienden la unidad territorial dirigidas a los secesionistas y viceversa, tachándose mutuamente de ‘ignorantes’ y ‘retrógrados’. Es curioso cómo todo desemboca en una adaptación del ciudadano a lo establecido, ¿y es que a nadie se le ha ocurrido plantearse que es la estructura la que se tiene que amoldar a los integrantes de la comunidad? Surgen dudas, pues modificar el marco constitucional sería como intervenir a pecho abierto a toda una nación, y no todos están por la labor de someterse a tan arriesgada operación. Las sensibilidades están altamente sensibles, hablar de un cambio de la Constitución en cualquier materia parece suponer la hecatombe social de este país. Lo que nos une y lo que nos unió hace ya más de una treintena de años requiere una adaptación. Como diría Ortega “somos hijos de nuestro tiempo”, nuevas generaciones nos adentramos en el panorama actual y vemos el tinte nacional desde un punto de vista muy diferente de cómo se vio tras la transición, el sistema parece haber sido una vieja gloria que se ha postrado y no tiene pensado reciclarse cuando, quienes forjamos y debemos vernos reflejados en el mismo, somos nosotros.

¿Por qué tanta reticencia al cambio? Vivimos con un sistema electoral que garantizaba estabilidad política en una época en la que era de tamaña importancia mantener un sistema férreo y que no fuese a bandazos. Ahora hay que abogar por el pacto, por el consenso una vez más, pero desde otra línea. Un sistema proporcional donde se trabaje por lograr la unión, una cámara que responda a las necesidades territoriales y donde se debatan cuestiones de esta competencia. Desde sectores de la izquierda se hace un llamamiento al federalismo, pero es como un grito que queda ahogado puesto que no se defiende nada verdaderamente tangible y entendible entre los ciudadanos, suena como un pequeño silbido de conciencia de razón ante el desmadre más absoluto.

Desde luego se ha avanzado a un ritmo vertiginoso en materia democrática, pero quizás nos hace falta un nuevo impulso, algo que nos entusiasme en este proyecto común que tenemos entre manos y que ahora quema, y nos duele. Una regeneración política y constitucional no sería un mal comienzo, pero por supuesto requiere esfuerzo y valor, mucho valor y coraje.

Guillermo Infantes Capdevila
Representante estudiantil UC3M
Área de Estudiantes del Consejo de la Juventud de Alcobendas