“Con trabajo, sin nómina” por David Callejo

No has hecho nada mal. No has faltado ni un día al trabajo. Prestas un servicio público. Pero te dicen que “lo sienten”, que no vas a cobrar. Sin saber bien cómo, “sin comerlo ni beberlo”, estás pagando los platos que han roto personas a las que no has visto en tu vida. A los cada vez menos afortunados que no nos hemos enfrentado a esa situación nos cuesta a veces tener ese punto de empatía necesario en todo periodista, en toda persona, para entender el mazazo de ver una cuenta corriente que no se actualiza como debiera.

La situación parece agravada cuando se trata de empresas contratadas por un concejal, por un cargo público. Cientos de trabajadores que creían tener cierta seguridad, amparados tras un servicio que no puede dejar de prestarse, se enfrentan ahora a una incertidumbre vital desconocida. El calendario se inclina cada vez más cuesta arriba y al cinturón le faltan hebillas que apretar.

Empleados de limpieza, de recogida de basuras, educadores, funcionarios… da igual el puesto. También es indiferente el Ayuntamiento al que miremos. Entre noticias de manifestaciones y notas de prensa institucionales, no debemos dejar de centrar el foco en lo que de verdad importa: los cientos de dramas con cara, nombre, apellidos y hasta “twitter”, también incluso con la fortuna del trabajo, pero sin la seguridad laboral y económica tan común hace unos años.

Eso mientras responsables políticos y empresariales agarran con fuerza la soga, tirando pero sin aflojar, para dilucidar quién de los dos sectores tiene la culpa. La culpa no sé, pero el daño está claro para quién es.

Aunque también he de romper una lanza por esos políticos y empresarios que dan la cara, que soportan la vergüenza y el dolor de enfrentarse a sus semejantes en momentos tan duros. No son muchos, pero existen, se lo aseguro. Sin colores ni apellidos. Búsquenlos.

Y reconozcamos la abnegación de todos esos trabajadores que, aun con huecos en sus nóminas, acuden a diario para prestar un silencioso pero imprescindible servicio a sus vecinos. Que no entienden de crisis, de políticas, de recortes ni de negociación sindical. Que no son culpables de una situación que pagan con creces. Pero que merecen una dignidad salarial hace meses arrebatada.

David Callejo
Periodista
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“Jóvenes rebeldes” por Iván Torres

La información, está ahí: Miles de personas, sobre todo jóvenes, toman las calles de distintos países árabes para rebelarse contra regímenes que, en la mayoría de los casos, permanecen auto-investidos desde antes de que esos mismos jóvenes tuvieran uso de razón.

En otros países de la zona, la sola amenaza de que esto pudiera ocurrir e hiciera tambalearse la silla de los mandatarios, ha provocado reformas en las leyes que parecen haber aplacado esos “brotes” que surgían en esa búsqueda de democracia que los medios nos afanamos en denominar Primavera Árabe.

Hace unas semanas, nuestros jóvenes vecinos portugueses, que afortunadamente sí disfrutan de un régimen democrático, salieron también a las calles, convocándose unos a otros por redes sociales para hacer saber a sus gobernantes que están hastiados de desempleo, precariedad laboral y dificultades para llegar a fin de mes. Una generación en apuros que cada vez se ve más en apuros debido a los recortes que el “otro” país de la Península Ibérica está intentando llevar a cabo para evitar la intervención a la que ese monstruo llamado crisis financiera internacional les empuja sin remedio y de la que esos jóvenes no son, ni de lejos, los culpables (que se lo digan a Sócrates).

¿Qué decir de lo ocurrido en Londres este fin de semana? Después de escuchar las noticias, ante la falta de partidos de liga, nos queda el recuerdo vago de ciertos disturbios en calles de nombre conocido, pero la verdadera noticia es una nueva muestra del cansancio que la gente, jóvenes en su mayoría, siente por tener que sufrir unos recortes nunca vistos en los servicios públicos fundamentales como la sanidad o la educación, para lograr la austeridad necesaria que reduzca el déficit, un déficit del que no son culpables.

Ahora regresamos a España, donde los jóvenes nos encontramos en situaciones parecidas, si no peores: nos acaban de certificar que continuaremos en nuestros trabajos mileuristas hasta los 67 años (afortunados los que tengamos dichos trabajos). Es difícil acceder a la vivienda por culpa de una burbuja que nosotros no hemos creado, los precios siguen siendo inaccesibles para la mayoría, pero en el caso de que logremos comprarnos un piso (pese a la traba que supone la subida de los impuestos indirectos) nos hemos quedado sin ayudas por compra de vivienda habitual, unas deducciones fiscales de las que sí han disfrutado muchos miles de españoles. No podemos olvidarnos del cheque bebé, una medida de fomento de la natalidad que no hizo sino vaciar las arcas a base de sumas de 2500 € a diestro y siniestro sin importar la condición de los afortunados padres, afortunados por la paternidad y por haber podido disfrutar de dicha ayuda ahora inexistente.

Y uno se pregunta ¿qué es lo que pasa con los jóvenes de nuestro país? En las conversaciones de la oficina, del bar, o las que mantenemos en familia o con amigos, queda claro el descontento y no necesariamente hacia el gobierno actual, sino hacia las medidas tomadas (o dictadas) para salir de una crisis de la que no somos ni nos sentimos culpables. ¿Es que a los jóvenes españoles no nos importa hacia dónde nos están llevando ni el futuro que nos espera? ¿O es que aquí no funcionan como debieran las redes sociales que en todos estos casos han servido para movilizar a los jóvenes? Yo mismo me respondo con otra noticia: “Miles de jóvenes despiden en Sevilla los exámenes con un botellón en una convocatoria anónima cursada a través de una red social”. Pues sí, las redes sociales sí funcionan.

Iván Torres, comunicador