“15M: el periodismo ante un nuevo actor” por David Callejo

Este periodista que les habla tuvo el honor, profesional y personal, de asistir al nacimiento de uno de los movimientos sociales más importantes, seguro, de lo que va de siglo aquí en España. Asistí intensamente a su primer mes de existencia, y como medio de comunicación fui uno de tantos canales a través del cual el resto de la ciudadanía tomó conciencia de lo que ocurría. Pero un año después, algunos parecían haber olvidado la existencia de este movimiento sin caras, sin nombres, sin escudos.

Y sin embargo el 15M ha seguido su camino. Heterodoxo, diverso, múltiple, igual que fue su origen. Un nacimiento que se produjo en la Puerta del Sol, ya lo saben ustedes, tan en pañales que daba cierta ternura. Ingenuo yo, lo reconozco, no le auguré mucho futuro cuando un lunes 16 de mayo me topé con una veintena de jóvenes a los pies del mítico oso del madroño madrileño.

“Estamos aquí porque nos sentimos traicionados, estafados, no representados y engañados”, fue la primera frase que recogían los micrófonos de la Cadena SER de aquellos “indignados” que llevaban toda la madrugada pernoctando en una plaza pública, quizá la más pública de todas las plazas. Allí se quedaron para lanzar un irritado “¡basta!” a todos los españoles.

Y asistí a la segunda asamblea, incomprensiblemente, como a veces hoy, con hostilidad hacia los micrófonos; y cubrí el primer desalojo, incomprensiblemente, como a veces hoy, violento; y el primer “cónclave” de todas las acampadas, y la construcción de la “mini-ciudad”, y su desmantelamiento, y la primera convocatoria para evitar un desahucio… Fueron semanas muy intensas, emocionantes para el observador, para el periodista, para el ciudadano. Pero, ¿y luego qué?

Pues luego el 15M ha seguido existiendo, trabajando, influyendo. Sin acampadas, pero con asambleas. Una realidad que se sigue dejando ver cada semana en cada una de las plazas céntricas de los municipios madrileños. Y su foco reivindicativo, sin dejar de ser general, se ha pasado a lo particular: a intervenir en la actualidad de cada uno de sus pueblos, de sus ciudades.

El periodismo local se ha visto impulsado, emocionado, a veces zarandeado (con razón) gracias a las acciones de cada asamblea. Nos han descubierto que la libertad de expresión sigue en tela de juicio (muchos han visto sus carteles retirados de los lugares destinados al asociacionismo vecinal); han recordado la gran paradoja de que el lugar más público del universo, el Pleno Municipal, el ágora moderno, no lo es tanto cuando se impide grabar lo que allí pasa; y, sobre todo, han conseguido que esa pandemia de los desahucios se reduzca cuando algunos de los casos son, a todas luces, profundamente injustos.

Son los logros de un movimiento inaprehensible, inidentificable, incomparable. Un movimiento que une y divide, como todos, que evoluciona y se disgrega, como todos, pero que no ha vuelto a salir a la calle, porque en realidad, desde hace un año, nunca se había ido de ella.

David Callejo
Periodista

“Con trabajo, sin nómina” por David Callejo

No has hecho nada mal. No has faltado ni un día al trabajo. Prestas un servicio público. Pero te dicen que “lo sienten”, que no vas a cobrar. Sin saber bien cómo, “sin comerlo ni beberlo”, estás pagando los platos que han roto personas a las que no has visto en tu vida. A los cada vez menos afortunados que no nos hemos enfrentado a esa situación nos cuesta a veces tener ese punto de empatía necesario en todo periodista, en toda persona, para entender el mazazo de ver una cuenta corriente que no se actualiza como debiera.

La situación parece agravada cuando se trata de empresas contratadas por un concejal, por un cargo público. Cientos de trabajadores que creían tener cierta seguridad, amparados tras un servicio que no puede dejar de prestarse, se enfrentan ahora a una incertidumbre vital desconocida. El calendario se inclina cada vez más cuesta arriba y al cinturón le faltan hebillas que apretar.

Empleados de limpieza, de recogida de basuras, educadores, funcionarios… da igual el puesto. También es indiferente el Ayuntamiento al que miremos. Entre noticias de manifestaciones y notas de prensa institucionales, no debemos dejar de centrar el foco en lo que de verdad importa: los cientos de dramas con cara, nombre, apellidos y hasta “twitter”, también incluso con la fortuna del trabajo, pero sin la seguridad laboral y económica tan común hace unos años.

Eso mientras responsables políticos y empresariales agarran con fuerza la soga, tirando pero sin aflojar, para dilucidar quién de los dos sectores tiene la culpa. La culpa no sé, pero el daño está claro para quién es.

Aunque también he de romper una lanza por esos políticos y empresarios que dan la cara, que soportan la vergüenza y el dolor de enfrentarse a sus semejantes en momentos tan duros. No son muchos, pero existen, se lo aseguro. Sin colores ni apellidos. Búsquenlos.

Y reconozcamos la abnegación de todos esos trabajadores que, aun con huecos en sus nóminas, acuden a diario para prestar un silencioso pero imprescindible servicio a sus vecinos. Que no entienden de crisis, de políticas, de recortes ni de negociación sindical. Que no son culpables de una situación que pagan con creces. Pero que merecen una dignidad salarial hace meses arrebatada.

David Callejo
Periodista