“El artista” por Antonio Terán y Pando

Yo tenía un amigo, Venancio Fermoselle Matalascañas , que al fallecer su padre, propietario de una tienda de suspensorios, llegó a la conclusión de que las hernias inguinales no eran lo suyo y después de vender el comercio y el local que lo contenía, adquirió una finca de siete hectáreas cerca del cerro del Ocejón.

Era un paraje desértico, donde daba la vuelta el aire. Tierra blanquecina, algunas piedras y muy escasa vegetación consistente, principalmente, en cardos de diversas especies.

Durante meses estudió las características de los dibujos de Nazca (Perú). Se leyó a Berlitz, Von Däniken, JJ Benítez y algunos autores menos conspicuos pero no por ello menos fascinantes.

Un día, armado de centenares de carretes de bramante de a 100 metros cada uno, estacas, martillos, almocafres, una brújula, una escalera de tijera, hojas de papel, lápices y planos de la zona adquiridos en el Instituto Cartográfico del Ejército, se fue a vivir a su finca, que a la sazón tenía una choza pastoril de medio techo.

Durante meses se dedicó a plasmar sobre el terreno una figura mítica: una araña.

Comía poco, dormía menos, trabajaba de sol a sol y de luna a luna y naturalmente abandonó cualquier aseo personal.

Con unos pelos como un faquir, la barba crecida de anacoreta y más bien desnudo de andrajos, concluyó su obra siete meses después.

Febril, dio clases de vuelo con ultraligero y cuando entendió que estaba preparado, despegó un día a las seis de la mañana desde Guadalajara.

Los que le vieron despegar y remontar el vuelo se santiguaron y hacían votos sombríos sobre su inmediato futuro aéreo mientras vaciaban copas de “sol y sombra” en un bareto de los alrededores.

Antonio Terán y Pando, escritor y articulista

Al cabo de tres horas, el avioncito regresó y aterrizó ante el estupor de los borrachines.

Sin pararse a explicar nada, con un aspecto verdaderamente temible, huyó del lugar en su Land Rover matriculado en León 20 años atrás.

A los pocos metros, el vehículo paró y de su interior salio Venancio, con cara de iluminado, los pelos de punta y sollozando entre dientes y convulsionándose.

Los ojos como carbunclos.

Solo se le entendía “¡Ocho, Ocho!”…De pronto calló, se irguió muchísimo y fue victima de un parracle, es decir un colapso nervioso irreversible.

Para colmo se orinó encima.

El pobre Venancio, verdadero demiurgo de lo inexplicable, arquitecto de lo gigante, creador compulsivo, había dibujado sobre el terreno pedregoso una araña monstruosamente grande, con detalles de entomólogo (o aracnólogo) pero…olvidó un detalle vergonzoso.

A su araña fabulosa la había dotado solo de seis patas.

Ahora, vegeta en un frenopático, sólo come aceitunas y por las noches solloza palpándose alternativamente las ingles ora la izquierda, ora la derecha.

Antonio Terán y Pando, escritor y articulista

“La risa mortal” por Antonio Terán y Pando

Los humanos tenemos la terrible experiencia del peligro que encierra la risa.

Risas sardónicas auguran horrendas desgracias en los universos de Poe o Chesterton. Al menos así nos lo parece hasta en el “Thriller” de Jackson. Especialmente cuando es Vincent Price quien ríe.

Eco, nos alertó de las funestas consecuencias del segundo libro de la Poética de Aristóteles, aunque éstas consecuencias fueran desestabilizadoras de ordenes obscuros, más metafísicas que fulminantes.

Visitando las estancias de Murad III (1574-1595) en el Palacio de Topkapi, en la Sublime Puerta, no podemos por menos que imaginarnos a su majestuoso habitante releyendo el “Libro de la Felicidad”(1) encargo del propio sultán como obsequio para su hija Fátima.

Libro de contenido variado (desde la interpretación del zodiaco a la autoadivinación) contiene bellísimas miniaturas, realizadas al parecer en el taller del maestro Ustad Osman.

En folio 90v, nos encontramos con la historia de la “Serpiente Reidora”, monstruo con cabeza de mujer y cuerpo de ofidio. Ya en la mitología griega, seres mitad humano mitad culebra, dejaron su huella.

Recordemos a  Erictonio (literalmente “nacido de la tierra”, aunque fue el semen de Hefesto, que cayo sobre el muslo de Atenea, que ella limpió y arrojó a tierra, su origen) ser que llego a ser mítico rey de Atenas.

Lilith era una serpiente y debió reír bastante y de forma muy seductora pues fue la primera mujer de Adán dándole “glittering sons and radiant daughters” (2).

En la miniatura se aprecia la fantástica criatura, enroscándose y desenroscándose, mientras, detrás de unas piedras un grupo de creyentes, bastante temerosos, la observan

. Uno de ellos porta un espejo.

Como sabemos el espejo es la mejor arma contra ciertos desagradables seres cuya mirada mata o al menos petrifica.

Para vencer al Basilisco, nada mejor que un espejo. Medusa muere al verse reflejada en el bruñido escudo de Perseo.

Por lo que sabemos había caballos que mataban a la gente de risa, incluso individuos despreciables que reían sin cesar mientras sus victimas eran devoradas por ofidios feroces a sus órdenes.

La risa y en especial la de una hermosa mujer es un peligro atroz: ni que decir tiene que si además la hermosa es mitad culebra, estamos perdidos.

Las Lamias, típico “obsequio envenenado” fruto de la rijosidad del Zeus, eran así. Debían reír todo el rato pues no podían hablar ¿ dejarían de reír mientras devoraban a los viajeros hechizados por sus encantos.

Yo, a la vista de todo esto, he decidido no reírme jamás mientras me miro al espejo, todo sea que, o me petrifique o me seduzca y caiga en la autofagia.

Que tiene que doler horrores.

Antonio Terán y Pando, escritor, articulista y propietario de la librería-galería de arte “El Gato Lector” (El Molar, Madrid)

(1)          Copiado por  Muhamad Ibn Emir Hasan al- Su’di (1582). M.Moleiro fenomenales editores de facsímiles han puesto a nuestro alcance una edición única según el original conservado en la Bibliothèque Nacional de France.

(2)   “Hijos resplandecientes y radiantes hijas” Dante Gabrielle Rossetti. Eden Bower.

“El Restaurante fantasma” por Antonio Terán y Pando

Era una tarde angosta, de color ala de mosca y sonidos con sordina. La calle donde se encontraba el restaurante donde me habían citado para almorzar tenía un empedrado como de piel de serpiente. Era una calle ofidio. Parecía brillante pero no lo era. Parecía resbaladiza pero no lo era. Parecía comercial pero…no. No lo era.

Era una calle desagradable. Y eso, la verdad sea dicha, no me abría el apetito.

Empujé con firmeza la puerta giratoria del establecimiento cuya inercia centrífuga me lanzó a un cortinaje de terciopelo medio descorrido. Desde éste umbral se podía ver la “salle a manger” repleta de gente diversa. Camareros provectos discurrían a gran velocidad y no menos equilibrio entre las mesas; todas redondas y todas de cuatro comensales. Manteles blancos. Vasos y copas sin nobleza alguna. Jarra de agua en forma de “decanter” con tapón de baquelita marrón. La luz la proporcionaba un universo de globos lácteos que lejos de sugerir un restaurante, daban un aspecto higiénico-sanitario al local. Algo así como de dispensario de emergencia, de Casa de Socorro.

Con un gesto de la  mano fui alertado desde una mesa que era allí donde se me esperaba. Mi anfitrión era un hombre delgado, de pelo ralo y elegantísimo terno de ojito de perdiz. Puños franceses y corbata de seda  con un diseño de cachemir que-ya entonces estaba seguro-yo había visto antes.

La cara de mi interlocutor era difusa. Y aunque me esforzaba en fijar sus rasgos, como en un relámpago, se difuminaba inmediatamente.

Muy violento por éste extraño fenómeno, desvié la mirada de mi compañero de mesa para observar el entorno. Las mesas adyacentes estaban ocupadas por dos hombres y dos mujeres. Y siempre dos hombres y dos mujeres. Ellos vestían agradables trajes de diversas texturas y tonalidades, que lucían con corbatas del diseño cachemir exactamente igual a la de mi anfitrión. Esta circunstancia me produjo un enorme desasosiego y estuve a punto de levantarme sin despedirme y salir de aquel bizarro local.

Mas, por mor de la etiqueta, permanecí allí, algo estupefacto. Mi compañero, daba instrucciones a un camarero (Chaqueta y camisa blanca, corbata de pajarita negra, mandil anudado a la espalda…largo, muy largo, tanto que no le veían los pies, dando la sensación al andar de que se deslizaba en levitación).

-Al señor Tavernier le trae lo de costumbre: un Meyerbeer “a point”. Para mi las popietas de lenguado. ¿Podrían acompañarlas con la salsa de tomate pero sin cominos?

Satisfecho por haber decidido por los dos, siguió hablando animadamente de asuntos a los cuales yo no prestaba atención alguna, cosa que a él parecía importarle un bledo.

Reconozco que estaba aturdido.

Había comprobado que las damas que ocupaban las otras mesas tenían la misma, idéntica fisonomía. Todas llevaban pulseras con monedas colgantes, todas tenían vitíligo en las manos y todas vestían un camisero rayado de escote cuadrado y mangas de farol.

Aterrado, interrumpí a mi anfitrión enérgicamente y le inquirí acerca de lo que estaba pasando allí.

Él pareció sobresaltarse por mi abrupta intervención, pero recobrando el temperamento, entre dicharachero y resbaladizo, contestó:

-¿Qué que está pasando aquí? ¡Por favor, René! (efectivamente ,así me llamo)…

Hizo una pausa incomodísima mientras movía los hombros como un árbol de levas, en señal-supongo- de perplejidad.

-¿No recuerdas la última vez que estuviste aquí? Me extraña…y eso que hemos    reconstruido todo el entorno casi a la perfección. Quizás los rostros-continuó- sean lo menos conseguido. Pero claro…ésta reacción tan cínica, no nos sorprende. No debería sorprendernos. De facto, tu abominable manera de olvidar, especialmente tus pecados más  intolerables, nos ha obligado a representar ésta tragedia.

Yo sudaba profusamente y me pareció que el alboroto del local aumentaba, oyéndose risotadas y cacareos, hasta resultar ensordecedor.

-Aquí mismo, René, en un descuido de tu madre envenenaste con estricnina el Meyerbeer de tu padre. ¡Ah, canalla! Y lo hiciste en un restaurante para que pareciera

una horrenda equivocación del cocinero. Recordarás que fue encarcelado por negligencia, llevando a la ruina a su esposa e hija que ahora son prostitutas en la calle Abuin. El local cayó en desgracia y su propietario-hombre cabal-se suicidó después de arruinarse en pocos meses. Tu madre, que amaba con delirio a tu padre, enloqueció y allá, en la costa, vive internada en un oratario, alucinada y seca, ya sin lágrimas que drenar. ¡Maldito reptil! Y todo por querer heredar antes de tiempo y sin merecimiento alguno.

-Hoy-concluyó el verdugo-envenenarás tu propio filete y lo devorarás, no lo podrás evitar. Pero…

¡Ese no es el castigo, despreciable monstruo, el postre será apoteósico!

Hoy, postrado en la yacija de un asilo abyecto, deformado, impedido y casi ciego, a causa de las terribles secuelas de mi emponzoñamiento aún recuerdo desesperado el fatídico dibujo de cachemir de aquellas corbatas.

Éste fue…éste ES mi postre.

Meyerbeer: Forma de preparar unos huevos al plato, dedicada al compositor alemán

que le da el nombre (1791-1864) de repertorio operístico de éxito. El acom-

pañamiento de riñones de cordero y salsa Pèrigueux, es el nexo de unión

entre estos huevos y el Turnedós Meyerbeer. El restaurante Edelweiss de

Madrid, lo tenía en su carta.

Popieta:    En principio, una loncha de carne cubierta de farsa, enrollada, lardada y

cocinada en proêlée. También de pescados y verdura, han de cocinarse

siempre en fumet.

Antonio Terán y Pando, escritor, articulista y propietario de la librería-galería de arte “El Gato Lector” (El Molar, Madrid)

“Gazpacho y paradoja” por Antonio Terán y Pando

Epiménides, poeta cretense, afirma que todos los cretenses son unos mentirosos.

Si Epiménides dijese la verdad, por ser también él cretense, él también es un mentiroso y estaría mintiendo.

Si Epiménides miente, entonces los cretenses no son unos mentirosos, sino que dicen la verdad, y , por ser él también cretense, diría la verdad.

En consecuencia, Epiménides dice la  verdad si y sólo si miente, o miente si y sólo si dice la verdad.

Así de simple-en apariencia- se enuncia la famosa paradoja de Eubúlides de Mileto, tenaz opositor de Aristóteles y discípulo de de Parménides, junto con el cual afirmaba que  todo cambio o movimiento es imposible.

Lo profundo de la paradoja (etimológicamente, más allá de la creencia), no está en la mentira como amenaza, sino en la confusión atroz de la lógica humana.

Si cada vez que miramos al mar, hipnotizados por su fascinante belleza, pensásemos en lo inmutable de sus aguas, negaríamos, pues, el movimiento de las mismas, que convierte su fascinante atractivo en una vana ilusión.

Si fuese así, leer un libro sería como leer “el libro” pues todos los libros serían uno inmutable, completo y cuyo final es el mismo final de todos y cuyo principio es el mismo principio universal, eterno, infinito.

Es decir, “El diablo en la botella” de Stevenson, es el mismo diablo que el cojuelo, que levantaba los tejados para fisgar y, naturalmente el mismo que Belfegor o Mefistófeles y de facto todos son uno y todos están creados por un misterioso escritor sin tiempo que se digna a descubrir a algunos sólo fracciones, piezas de un  relato ignoto en su todo, inmutable.

Todos los escritores escriben lo que otros hicieron y harán, todos son Heráclito, todos Poe, todos Valera o Rosalía.

Terrible situación para los considerados “originales”. Murió la innovación. Todo es lo mismo, nada cambia: el plan está trazado.

Nosotros sólo atisbamos destellos de una obra completa, gigantesca, colosal, inmanente. A veces un monstruo cruel deja sospechar a ciertos individuos, la inmutabilidad. Éstos, luego construyen ciudades imposibles que no responden aparentemente a ninguna regla formal, descubren planetas que por ser transparentes nunca los vimos, aún cuando recorren nuestra eclíptica, aman de forma extraordinaria y muy probablemente jamás mueran.

Bertrand Russell, logró, al parecer, con la teoría de los tipos, escapar de la paradoja maldita de Eubúlides. ¿Lo logró, realmente? O quizás ya todo estaba previsto y todo estaba previamente resuelto en una posteridad que no comienza ni, naturalmente, acaba.

Éste humilde artículo, seguro que lo ha escrito alguien antes y lo escribirán muchos más después. ¡Y yo que pensaba que iba a ser la bomba! Vanitas, vanitatis.

Entonces…la fecha de caducidad del gazpacho en brick, sepultado en mi Kelvinator…¡Es una falacia!…¡Si es el mismo gazpacho que degustó Jovellanos!¡Inmutable gazpacho!

Pues, sin miedo a la intoxicación, la eventración e incluso la diarrea estival que no es episódica, sino diarrea infinita y ucrónica, me lo voy a tomar, fresquito, y me voy a quedar tan ancho.

¿Ustedes gustan?

Antonio Terán y Pando, escritor, articulista y propietario de la librería-galería de arte “El Gato Lector” (El Molar, Madrid)