“Un año luchando juntos” por Iván Aranda Sánchez

Hace ya algo más de un año que la Asociación Española Contra el Cáncer comenzó a desarrollar su actividad, de forma directa, en el Hospital de Fuenlabrada. Tiempo suficiente para hacer un primer balance, llegar a ciertas reflexiones y hacer inventario de experiencias vividas con los pacientes.

Aunque técnicamente un problema oncológico tiene una naturaleza orgánica, puede constatarse a diario que éste lanza sus tentáculos hacia otras dimensiones que integran la práctica totalidad las esferas vitales de una persona. La dolencia física suele acarrear una cierta resonancia emocional, impacto en la pareja, familia, sobre el área laboral y económico, e incluso a nivel comunitario. Desde esta perspectiva, resulta un reto ambicioso que la enfermedad, como condición de la persona, no se apodere de la misma por completo y que la persona con enfermedad se transforme  en “un enfermo”.

Es importante que, como voluntarios, acompañantes o cuidadores, no ninguneemos la importancia del problema pero que contribuyamos a restar, en lo posible la sensación de “estado de excepción total” en el paciente, haciendo fuertes aquellos ingredientes que, en su vida, siguen caminando de forma paralela al cáncer, para preservarlos. No es hacer como si nada, pero tampoco convertirlo en el todo.

En un escenario inicialmente desalentador como éste, resulta vital la comunicación (sí, también la emocional, y sí, también si las emociones son negativas) como amortiguador del desgaste diario de la lidia con la enfermedad. Que no se hable del sufrimiento no es lo mismo que no exista, y la ruptura de la comunicación deliberada,  con objeto de proteger frente al sufrimiento, puede hacer que cada uno cargue a solas con su particular losa, hasta que los recursos personales lleguen a agotarse y sobrevenga el desbordamiento. Esta carga, como todas, se aguanta mejor con ayuda y, precisamente, aceptar la ayuda puede asimismo, cubrir la necesidad de sentirse útil a quién la presta. Esto último, en un problema en el que, a menudo, uno tiene la sensación de impotencia e inutilidad, vale su peso en oro.

No puedo dejar de expresar, por último, la profunda sensación de reciprocidad en mí y mi equipo para con los pacientes. La percepción de recompensa diaria en forma de afecto y enseñanzas de los pacientes existe. Uno llega a sentirse prisionero, en cierta medida, de cierto síndrome de Stendhal  al contemplar belleza y valor, en medio de momentos ciertamente difíciles.

En definitiva, un año, mil experiencias…valió la pena.

Iván Aranda Sánchez
Psicólogo y Coordinador de Voluntariado de AECC
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