“¿Quién escribe al profesor?” por Julio Ramiro

Estamos viviendo unos tiempos complicados, difíciles e inquietantes,  aunque bien es cierto que estos comentarios  eran ya acuñados por  S. Agustín hace unos 1600 años. La historia se repite, algo perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que como protagonistas de la misma somos unas variables que oscilamos en comportamientos con frecuencias propias de las ondas.

Uno de los elementos de esta situación de crisis es el ámbito educativo, tanto en su parte de formación obligatoria en primaria-secundaria como en los años de Universidad.

De nuevo nos encontramos ante cambios sustanciales que afectan al futuro de nuestro crecimiento: la educación. Parece que no resulta fácil entender el hecho de que una fábrica de pensadores pueda llegar a ser una inversión muchos más estable y segura que una multinacional de ladrillos, tornillos o incluso de semiconductores, base sobre la que se asienta toda nuestra electrónica. Sin embargo, entre todos, contribuimos a que así sea.

Las medidas que continuamente se toman en este sentido no parecen salir de una curiosa dualidad: incremento de las horas de docencia y reducción del salario. En el ámbito de la universidad estos hechos se traducen en una mayor separación entre una hipotética  universidad docente y otra análoga universidad investigadora. Un mayor número de horas de docencia implica inexorablemente una reducción en la dedicación investigadora del profesor, labor que por el contrario es la que, de manera prioritaria,  se valora en la calidad y promoción profesional. Con estas condiciones de contorno, resulta realmente complicada una doble dedicación investigadora docente, condicionando así de forma obligada, a los profesores a una más que difícil promoción como investigadores.

Este nos sería un problema determinante si estuviéramos acostumbrados a tener profesores docentes y “profesores” investigadores. Aquel que en algún momento se ha dedicado a la docencia universitaria, en especial al estilo actual de la educación del EEES (Espacio Europeo de Educación Superior), sabe que la calidad en la misma pasa por una extremada dedicación y preparación, en definitiva un tiempo casi completo a sus alumnos y su crecimiento. De igual forma el investigador es muy consciente de que su labor conlleva una concentración y una dedicación que absorbe la vida, no en vano es común el apelativo de sabio distraído, científico ensimismado… Si sumamos a esto que algunos profesores tienen también una responsabilidad de gestión académica, resulta más que evidente el hecho de que todas estas atribuciones necesitarían de más de las típicas veinticuatro horas que suele tener el día terrestre.

Todos debemos asumir que si no estamos dispuestos a apostar por un cambio en el formato de nuestros profesores universitarios consiguiendo una clara y realista distinción entre las categorías investigadora-docente y gestora, todas las reformas que se están tratando de llevar a cabo no serán más que parches que no conseguirán cerrar una vía de agua abierta desde tiempos inmemoriales.

Así el profesor seguirá sin tener nadie que le escriba, siendo la eterna pizarra que unos,  otros y los de más allá llenan de garabatos ininteligibles con tiza, bajo el triste y eterno silencio de la misma.

Julio Ramiro Bargueño
ETS Ingeniería de Telecomunicación Universidad Rey Juan Carlos
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